sábado, 8 de diciembre de 2012

Fundación Augusto Roa Bastos



Difusión y rescate de las múltiples facetas de un autor

Asunción me enamoró, cálida y hospitalaria, con los barrios de calles empedradas y la luz rosada de agosto. Había lapachos florecidos por todos lados, mangos y frutas tropicales. También son rosados el Cabildo, muchas casas antiguas y todo tipo de flores, además del torreón del palacio presidencial, en la orilla del río. Quise tomarle una foto a un guardia del palacio. Me gustaba porque era guaraní
y tomaba tereré sentado en un banco de madera, bajo la sombra espesa de un árbol de hojas inmensas cuyo nombre ignoro. Y no entendía su reticencia hasta que me dijo:
—Señora, usted no me puede tomar una foto sentado, porque yo no puedo estar sentado.
La gente es amable y se desvive por atenderme. Voy en taxi a la calle Agustín Barrios, quedé allí con Mirta Roa, en el apartamento donde su padre vivió el último tiempo de vida, desde que volvió de un exilio de cuarenta y ocho años. Mirta baja a abrirme y entro intimidada, como a un lugar repleto de reliquias. Es que eso es el apartamento de Augusto Roa Bastos (1917 - 2005), que la Fundación está preparando por si el Congreso se decide a convertirlo en patrimonio cultural, a disponerlo para que se pueda visitar como se visitan, por ejemplo, las casas de Neruda.
Mirta es un encanto, me siento cómoda con ella. Me cuenta que la Fundación Roa Bastos tiene como objetivo el rescate y la difusión de su obra. La narrativa del padre es bien conocida —se refiere a novelas y cuentos—, pero no se conocen tanto la poesía, los guiones de cine, los discursos, los prólogos, los artículos de prensa, los ensayos, los cuentos infantiles. Ellos —la Fundación— recopilan material disperso. Roa Bastos dejaba textos en cada lugar al que su condición trashumante de exilado lo llevaba, no guardaba nada y además creen que algunas cosas fueron robadas.
La hija de Roa Bastos arregló el apartamento para que yo lo viera, con la mesa del comedor llena de libros editados por la Fundación, y el resto como estaba en vida de su dueño. Faltan el escritorio y algunos cuadros, entre ellos el premio Cervantes, pintado por el poeta español Rafael Alberti, porque se los llevaron a la sede, que tienen desde el año pasado en la rosada Casa Bicentenario Augusto Roa Bastos; una casa emblemática porque allí vivió el Mariscal Estigarribia, a quien Roa admiraba por haber comandado las fuerzas paraguayas, que él integró, durante la Guerra del Chaco (1932-1935). Las patas de la mesa de la Fundación las hizo el artista plástico y escritor Carlos Colombino, uno de los amigos incondicionales de Roa Bastos y miembro de la directiva de la Fundación, con simbología de Yo el Supremo.
De Colombino es el cuadro más importante que hay sobre el sofá. Más hacia la puerta, enmarcada, llama la atención una foto antigua. Es el grupo de “Vy'a Raity” (el nido de la alegría), jóvenes intelectuales de la Asunción de los años cuarenta. Están disfrazados y en el centro, majestuoso, con la vestidura de gala de su tío el obispo, está Augusto Roa Bastos. Me sorprende que este hombre más bien pequeño y frágil, “a una nariz pegado”, como lo describió alguna vez su amigo y actual presidente de la Fundación, Antonio Carmona, adquiera esa estatura regia. Dicen que era de perfil bajo, aceptaba con resignación homenajes y grandes reuniones y, sin embargo, entre amigos o rodeado de pocas personas nadie se le resistía, seducía con la humildad y la facilidad de palabra, la inteligencia, la agudeza, el inquebrantable sentido del humor y la conversación amena que no tienen todos los escritores cuando de hablar de trata.
Mirta Roa era la única hija del escritor cuando, en 1947, tuvo que exilarse porque lo fueron a buscar al diario El País de Asunción, donde era redactor jefe, por orden del dictador de turno. Roa Bastos escribió en Buenos Aires su obra mayor. Hasta entonces no había trascendido de un círculo intelectual pequeño. De aquella época asuncena se ha perdido mucho: aunque se ha recuperado, por ejemplo, el cuento Lucha hasta el Alba, no quedan vestigios de Fulgencio Miranda, una novela premiada por el Ateneo, ni de obras de teatro como La Carcajada.
En la capital argentina Roa ganó el prestigioso premio Losada de novela con El trueno entre las Hojas, publicó en 1960 Hijo de Hombre, que le dio proyección internacional, y, en 1974, Yo el Supremo, considerada su obra cumbre y por muchos, la mejor y más compleja de las novelas latinoamericanas de dictadores. Mirta se ríe, cómplice, y comenta: Acá todas las misses dicen haber leído Yo el Supremo. Suspira, todavía sonriendo, y afirma: Esa novela requiere mucha lectura previa. También me cuenta que el padre le decía que la novela tenía un truco que nadie había descubierto. En algún momento de los últimos años del escritor, ella le preguntó: ¿Y cuál era el truco? Él no contestó. Sin embargo, Nora Bouvet, profesora rosarina, develó en La Estética del Plagio y Crítica Política de la Cultura en Yo el Supremo, el posible secreto de Roa Bastos: transcribió trozos enteros de Cervantes o de quien le dio la gana, reescribió, compiló, volvió a recrear lo ya escrito.
En Buenos Aires también nacieron sus hijos Carlos, de su esposa Ana Mascheroni, y Augusto, de María Isabel Duarte. Mirta pasó allí la mitad de su vida y recuerda al padre cariñoso que jugaba con los niños y al ogro al que no se podía molestar con ruidos infantiles porque estaba escribiendo. Se acuerda de que la única decoración de la casa eran los libros, que andaban por todas partes. Me cuenta anécdotas divertidas de su niñez, cuando ser hija de alguien que escribía cuentos y poemas era una rareza.
Augusto Roa Bastos escribió cuentos para niños, editados en La Florcita, la colección infantil de Ediciones La Flor (la de Mafalda), colección dirigida entonces por Amelia Nassi, que se convertiría en su compañera por muchos años, y su colaboradora en las interminables transcripciones de la famosa novela. Se comenta que Roa ayudaba a escritores de provincias, que no tenían la oportunidad de ser considerados “escritores argentinos”, apoyado en su ganado prestigio. Entre ellos su gran amigo Tomás Eloy Martínez, Juan José Saer y Daniel Moyano, respectivamente de Tucumán, Santa Fe y La Rioja.
El cine lo fascinaba. Escribió decenas de guiones, muchos de ellos con Tomás Eloy Martínez. Debutó con El trueno entre las hojas, dirigida por Armando Bo y protagonizada por Isabel Sarli, que también debutaba como actriz. Hijo de Hombre se llamó también La Sed y Choferes del Chaco y trabajaron Paco Rabal, Olga Zubarry y Lucas Demare. Tanto le interesó el cine que escribió Reflexiones sobre el guión cinematográfico, recientemente reeditadas por la Fundación Roa Bastos, y fue docente de guión en las universidades de La Plata y Rosario. Mirta cuenta que, al partir de Buenos Aires, tiró todos los que no se habían filmado.
Cuando en 1976 el golpe militar en Argentina hizo insostenible la situación, Roa Bastos fue invitado por la Universidad de Toulouse a enseñar cultura latinoamericana. Enseñó también guaraní y se enamoró de Iris Giménez, que enseñaba lengua náhuatl. Con ella tuvo tres hijos, Francisco, Silvia y Aliria.
En Francia continuó escribiendo junto a sus actividades universitarias, pero nunca se sintió del todo integrado. En cambio, le encantaba Madrid y adoraba Buenos Aires. Vivía en Toulouse cuando le fue otorgado el premio más importante de su vida, el Premio Cervantes, en 1989, el mismo año que derrocaron a Stroessner.
A partir de entonces, Roa viajó muchas veces a Paraguay y añoraba el regreso definitivo al terruño. Sin embargo, el asunto le provocaba problemas familiares, hasta que, finalmente, se estableció en Asunción en 1996, ya separado de Iris. Había vivido cuarenta y ocho años fuera de su país y tenía setenta y ocho. Los primeros tiempos después del regreso fueron intensos y le dieron muchas gratificaciones. El hombre que volvió estaba lleno de proyectos.
Publicó Metaforismos, frases extraídas de sus novelas, escribió una columna periódica en el diario Noticias y se dedicó a lo que Mirta llama “su obra no escrita”: el contacto con la gente, los alumnos, las conferencias. En el documental “El Portón de los Sueños”, de Hugo Gamarra, vuelve a Iturbe, el pueblo de la niñez. Tenía interés en que hubiera en su país un instituto del cine. Felizmente, Hugo Gamarra es actualmente el director de la Fundación Cinemateca del Paraguay y, junto con la Fundación Roa Bastos, en el marco del festival internacional de cine de setiembre, ofrecieron charlas sobre Roa como cineasta y convocaron al primer concurso nacional de guión Roa Cinero.  
Otro de sus proyectos era hacer ediciones fasciculares ilustradas de cuentos en letra grande, accesible a todo público, ya que insistía en la promoción de la lectura. Este proyecto se concretó después de su muerte.
La mirada de Mirta se empaña cuando habla de la asistente doméstica que tuvo el padre bastante tiempo. La mujer se ganó la confianza del escritor, pero después lo mantenía aislado, dopado, desatendido. Además, le robó mucha plata. Mirta y su hermano Carlos tuvieron que venir de Caracas, donde vivían, a tomar cartas en el asunto. Por suerte, al dejar de tomar tranquilizantes, Roa Bastos recuperó por completo la lucidez.
Pasado un momento, Mirta sonríe al mirar los libros infantiles en guaraní que tiene en la mano. El libro que mira es una versión en guaraní de El Pollito de Fuego (Ryguasu’í Tata), escrito al nacer Natalia, la nieta mayor, y que ahora forma parte del proyecto Pueblos Originarios, Roa Bastos y Multilingüismo, que financia la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo. Al mismo proyecto se debe la reedición de Las Culturas Condenadas, selección de ensayos sobre los pueblos indígenas de Paraguay, compilados e introducidos por Roa Bastos, con prólogo del ex ministro de cultura, Ticio Escobar.
Mirta cuenta que este año, para el aniversario de Roa Bastos, los estudiantes de Letras de la Facultad de Humanidades organizaron una jornada de lecturas, recreación de diálogos, etc. Considera imprescindible pasarles la posta a los jóvenes y se alegra de que todo lo hayan hecho ellos.
—Desde Argentina me pidieron permiso para publicar el prólogo que escribió Roa para La Lombriz, del argentino Daniel Moyano —dice Mirta, y se ríe—. Yo se los di, pero tuve que pedirles que por favor me enviaran el prólogo, yo no lo tenía. Son hallazgos importantes para el acervo de la Fundación. Los prólogos son una maravilla —continúa—. El de Tentación de la Utopía, de Rubén Bareiro Saguier y Jean-Paul Duviols, es impresionante.
A pesar de que la Fundación data de 2007, fue a partir de 2011 que comenzó a consolidarse, con el apoyo de la Agencia Española de Cooperación. Mirta, su hermano Carlos y Toni Carmona han visitado ciudades del interior de Paraguay, y Resistencia, Corrientes, Formosa, en Argentina. Estarán en Uruguay en octubre para la Feria del Libro. Difunden estos nuevos libros viejos y continúan la labor de rescate.
Mirta cuenta que acaban de recuperar un bombo que tenía su padre junto a una caja chayera y una armónica. A Roa Bastos le encantaba la música y escribió un montón de letras musicalizadas por Agustín Barboza entre otros. Muchas veces las musicalizaba él mismo. El bombo, cuando partió al segundo exilio, quedó en Buenos Aires, en casa de la madre de Amelia Nassi.
—Por cierto, con Amelia somos muy amigas —afirma Mirta. Y a continuación, con la cabeza puesta en los rescates, pregunta si se puede poner en esta nota la dirección de email de la Fundación—. Porque esta revista que tú representas, tan difundida, va a ser vista en muchos países y alguien puede tener algo de Roa. Todo lo que se pueda recuperar nos interesa, fotos, artículos, entrevistas. En la nueva Constitución del Paraguay, Roa participó junto con el jurista argentino Leandro Despouy, en el artículo dedicado a los derechos indígenas. En el apartamento encontramos muy poca cosa. Imagínate todos los escritos previos que debe de haber, los borradores. Todo eso son rescates valiosos que ojalá podamos encontrar. Hay millones de cosas por todos lados.
Terminamos la entrevista y me da las coordenadas de la sede de la Fundación Roa Bastos. A la mañana siguiente camino por la rosada Asunción hasta la antigua y rosada casa del Mariscal Estigarribia. En la plaza hay una librería fabulosa —Servilibro— que es una editorial dedicada a autores paraguayos. Paso por allí porque busco un libro que me mostró un artesano sobre el arte indígena del Paraguay, escrito por Ticio Escobar, uno de los amigos de Roa y miembro de la directiva de la Fundación, además de ex ministro de cultura. Hoy hace tanto calor que la vendedora me convida un tereré refrescante y me devuelve la energía.
Compro el libro y entro a la casa, husmeo el museo, la sala de proyecciones y el patio. Entonces llega, con prisas, Toni Carmona para seguir hablando de Roa Bastos. Pero nos divagamos, yo ya estoy con la cabeza en el regreso y, como a los dos nos gusta conversar, hablamos de cine latinoamericano, de la Cinemateca y del próximo festival de cine de Asunción, en una mesa del patio, con cortados y agua bien helada. También hablamos de Rafael Barrett, que casualmente yo estoy leyendo y sobre el que Toni está en plena investigación que lo lleva a menudo a Uruguay. Mientras hablamos, lo llama Mirta para que me dé un ejemplar de Yo el Supremo, porque yo le dije que lo leí a los diecinueve años y nunca lo releí. Vamos a Servilibro y yo pienso en cómo voy a meter tantos libros en el equipaje, porque ayer Mirta ya me regaló unos cuantos.
Y entonces siento que Asunción no sólo es rosada, cálida y hospitalaria, sino que alberga mucha gente inquieta, preocupada y ocupada por la cultura, que se mueve, y hace y consigue cosas importantes. Y en esa “isla rodeada de tierra”, como llamó Roa a Paraguay, de a poco se tejen redes culturales con los países vecinos, redes que van más allá de los acuerdos políticos y son más sólidas y duraderas.

Nota: La dirección electrónica de la Fundación Roa Bastos es fundacion.arb@gmail.com.