martes, 3 de mayo de 2011

¡Viva Jujuy!

Panorama de Mayo 2011:
Existe una Argentina lejana a la milonga y el tango, a la pampa y los gauchos, a la cultura folklórica del Río de la Plata y la europeizante de sus capitales. En el Noroeste argentino encontramos una región impregnada de la milenaria cultura incaica en medio de paisajes sobrecogedores.


Entre los orígenes posibles del nombre de la provincia más nórdica de Argentina, el que más me gusta es el grito de alegría quechua “hu-hu-huy”. Jujuy tiene cuatro ecosistemas bien diferenciados: las yungas (selvas), los valles, la quebrada —que es Patrimonio de la Humanidad como Paisaje Cultural— y la puna. A casi 1.600 kilómetros de Buenos Aires, esta tierra está impregnada de la milenaria cultura de los Andes Centrales. Me siento más cerca de Bolivia, Perú y el norte de Chile que de la Argentina de la milonga y el tango, la de la pampa y los gauchos…  Estoy lejos de la cultura folklórica del Río de la Plata y la europeizante de sus capitales.
Llegué a Jujuy a fines de febrero con mi amiga Marita y su hija de 12 años. Nos alojamos en la finca de unos tíos de Marita, en un vértice incierto entre los valles y las yungas. Los anfitriones son pura hospitalidad, andan cerca de los 80 y han elegido vivir solos en la falda de un cerro exuberante de la localidad de Yala. Solos es un decir: los visitan todo el tiempo hijos, nietos, sobrinos, y casi todos traen amigos. A ellos les encanta y los huéspedes se van siempre con una gratitud de esas que no pueden expresar las palabras.
El primer día lo dedicamos a dar unas vueltas por Yala, un pueblo de antiguas quintas de veraneo de los habitantes de la capital provincial, a 1.200 metros sobre el nivel del mar. La finca abarca un cerro bajo el que corre el río Yala, cuyo rumor nos arrulla en las noches, cuando no lo ensordece el ruido de la lluvia. Los meses lluviosos son los de verano —enero y febrero— y este año dicen que ha llovido como nunca, incluso en la Quebrada, donde suele llover poco. Subimos a la cumbre del cerro que nos alberga, que tiene una vista fantástica. Subir con los dueños de casa es un aprendizaje: ella nos muestra especies de plantas y él abre la marcha machete en mano, haciendo transitable el sendero. No puedo creer la edad que tienen.
Al día siguiente salimos temprano hacia Purmamarca, unos 50 kilómetros más al norte. Subimos por la Ruta 9 que va a la frontera con Bolivia. Vamos entre la Cordillera Oriental y la Pre Cordillera, junto al Río Grande.
La localidad de Volcán es la puerta de la Quebrada de Humahuaca y el paisaje cambia: los cerros se tornan pelados, erizados de cardones.  Purmamarca tiene menos de 400 habitantes y es dueña del famoso Cerro de Siete Colores, de callejuelas empedradas, de casas de adobe casi rojo, como muchos de los cerros que la rodean, y una plaza con la iglesia —sencilla y deliciosa— y el cabildo. Entre la iglesia (1648) y el obispado se encuentra un algarrobo de entre 500 y 1.000 años. Cuentan que bajo su follaje el último cacique de los purmamarcas recibió con un vaso de chicha al primer conquistador español y que el mismo árbol cobijó encuentros entre los libertadores latinoamericanos.
Llegamos a eso de las 10 de la mañana, las calles están anegadas por la lluvia nocturna y los artesanos están aún armando los puestos alrededor de la plaza. Muchos de ellos son kollas que bajan de las comunidades de los cerros. Kolla (o Colla) es el nombre que se ha generalizado para los indígenas de las provincias de Salta y Jujuy y todos los de ascendencia quechua-aimara, conquistados por el imperio incaico un siglo antes de la llegada de los españoles.
Al bajar del bus contratamos un auto que va a llevarnos a Salinas Grandes dentro de una hora. Damos entonces unas vueltas por el pueblo y luego partimos hacia las salinas. Abandonamos la Quebrada y nos internamos en la Puna. La ruta está en excelente estado, por suerte, porque subimos hasta los 4.200 metros de altura en un corto trecho. Es la cuesta de Lipán, atraviesa las salinas y después la cordillera hasta Chile, formando parte del paso de Jama, un importante corredor interoceánico. Después bajamos hasta los 3.600 metros de Salinas Grandes, encandiladas ante ese mar interminable y blanco, atravesado por la línea oscura y recta de la ruta. El chofer nos deja frente al restaurante construido con bloques de sal que nunca llegó a funcionar.
Yo siento un leve mareo, apenas una sensación de extraña liviandad en la cabeza. Más que nada, me siento una hormiga en el paisaje inmenso, enmarcado en montañas azules de nieves eternas. Donde el desierto de sal tiene una fina capa de agua, el paisaje se duplica en un espejo. Me saco las zapatillas y camino, el suelo áspero me masajea las plantas de los pies, me interno en los espejos y me miro. El aire es tan puro que la luz tiene una cualidad casi palpable, el cielo una presencia perceptible.
La excursión dura casi cuatro horas y, de vuelta en Purmamarca, hacemos el Paseo de los Colorados. Colorado le dicen al color rojo en Argentina, y el paseo es un rodeo por detrás de los Cerros Colorados que se hace a pie, a caballo o en bicicleta. A pie se demora entre una y dos horas, depende de cuánto se detenga uno a descansar, a disfrutar del paisaje, o escuchar el silencio.
Subimos al Porito, un pequeño cerro rojo en la salida del pueblo, que tiene la mejor vista al Cerro de los Siete Colores. De allí parte el Camino de los Colorados. A medida que caminamos, crece la impresión de que un gigante, o Dios, o la Pacha Mama, se ha divertido lo suyo pintando los cerros. No son de distintos colores por la vegetación: no hay más que cardones. Los colores son minerales, marcan eras geológicas de millones de años. El gigante de mi imaginación ha jugado con los dedos enormes en los cerros, los ha moldeado con formas caprichosas, ha trazado surcos en distintos sentidos. A lo lejos vemos el valle de la zona agrícola de Purmamarca, con sembrados de maíz, ganado en sus pircas de piedra, casas de los colores de las montañas. Llegamos a una explanada de pedregullo que parece verde a la luz del sol. Visto de cerca, predominan las piedras verdes, verde musgo, verde esmeralda, verde grisáceo; pero también las hay violetas, azuladas, naranjas, rosadas, ocres, amarillentas, rojizas, blancuzcas. Tengo un puñado de ellas al lado del computador mientras escribo y, si no fuera por las fotos, me costaría creer que a cada una le corresponde el color de un cerro.
Reaparecemos en el pueblo por detrás del cementerio, a apenas tres cuadras de la plaza y la iglesia. La lluvia recomienza, la tarde se vuelve fría y, hasta que llegue un bus, nos refugiamos con los mochileros bajo la galería del Cabildo.
El resto de la Quebrada lo recorremos al otro día con guía y chofer de lujo: nuestra anfitriona en su Renault 9 de más de 10 años. Todos los pueblos tienen mucho en común: las plazas y las iglesias coloniales con pinturas del más puro estilo cuzqueño, las artesanías —algunas locales y otras traídas de Bolivia y Perú—, las calles angostas y empedradas y los faroles de hierro forjado, las casas de adobe y piedra y los entornos montañosos y coloridos. Pero todos tienen su particularidad.
Tumbaya no tiene más que unas 16 manzanas y a la una de la tarde lo recorremos sin ver ni un alma. Es encantadora, no hay turistas, no hay artesanos, no hay bares ni hoteles. Hay silencio y una brisa leve en que bailan las hojas de los álamos. Maimará está a orillas del río, en un valle cultivado de frutales y hortalizas, y tiene enfrente el cerro llamado La Paleta del Pintor. El nombre lo dice todo, otra vez todos los colores del mundo tiñen las montañas. Uquía se parece a Tumbaya, aunque es algo más grande. En la plaza hay algunos puestos de artesanías y muy pocos turistas.
Nos detenemos en el monolito que marca el Trópico de Capricornio. Aquí se celebra, durante la noche más larga del año, la fiesta milenaria del Inti Raymi, que reúne a habitantes de toda la Quebrada para hacer las ofrendes al Dios Sol, el Inti.
Humahuaca tiene más de seis mil habitantes, está a casi 3.000 metros sobre el nivel del mar y es la localidad más importante de la Quebrada. Entramos cantando una canción infantil: “Había una vez una vaca / en la Quebrada de Humahuaca. / Como era muy vieja, muy vieja / estaba sorda de una oreja.” Es de la escritora y cantante argentina María Elena Walsh, y probablemente haya sido con esa canción, en la infancia, que conocimos por primera vez el nombre del sitio en que ahora estamos. Equivocamos el camino a la plaza y llegamos por detrás del gigantesco monumento erigido en conmemoración de la Independencia. Desde allí se disfruta de una privilegiada vista del pueblo y debemos bajar ciento treinta escalones casi del mismo ancho que la plaza para llegar hasta ella. Escalera y plaza están flanqueadas por artesanos y recorridas por turistas. Una tienda de artesanías reproduce música andina. Las quenas, flautas de pan, zampoñas y otros instrumentos de viento nos transportan a la milenaria cultura incaica. Humahuaca tiene una historia importante, creció en los siglos XVII y XVIII como nexo entre el Alto Perú y las provincias del norte argentino. A principios del XIX fue testigo de numerosas batallas entre patriotas y realistas. Privilegiada por el patrimonio natural, histórico y cultural, rodeada de cerros junto al Río Grande, vio crecer el turismo en el siglo XX.
Tilcara tiene el antiquísimo Pucará, una fortificación ubicada en una colina junto al pueblo, desde donde la visión es estratégica. Se dice que se construyó en el siglo X. Esta localidad ha tenido un crecimiento inusitado en los últimos años, de la mano del turismo. Tilcara se ha extendido con buen gusto y respeto por la armonía visual. Todo es piedra y adobe, nada choca sino todo lo contrario. Está pensada para un turismo elegante y sustentable. Nos topamos con las llamas de Santos Manfredi, que se enamoró de Tilcara y se estableció aquí con su familia hace muchos años. Ahora tiene un criadero y corral de llamas y se dedica a llevar a los turistas a hacer caminatas con llamas de uno o varios días, por senderos que son inaccesibles de otra forma. También vemos cabañas, hostales y boliches en completa consonancia con el entorno. Nos vamos de Tilcara con el sol ya oculto detrás de las montañas.
El nuevo día nos devuelve a los valles. Nuestra anfitriona se ofrece a hacernos de guía en la capital provincial. Tres afluentes del Río Grande atraviesan de Oeste a Este a San Salvador de Jujuy. Es una ciudad que se ha extendido en barrios residenciales que trepan suavemente los cerros circundantes.
En la plaza principal entramos a la Catedral. La última modificación data de mediados del siglo XVIII, pero conserva elementos de la primitiva iglesia matriz, de 1593. Su mayor tesoro es el púlpito, de maderas talladas por los omaguacas y laminadas en oro. La Casa de Gobierno es un edificio de estilo neoclásico francés y el Cabildo, reconstruido hace unos 150 años después de un terremoto, conserva la recova de estilo colonial y los arcos de medio punto.
Lo que más me divierte de Jujuy es el Mercado de Abasto. Nada de frutas o verduras de invernadero, aquí todo es de estación y el colorido y la variedad hortofrutícola dentro de la cultura del maíz son asombrosos. En los alrededores, bajo las sombrillas, se vende de todo y hay que andar con el bolso bien vigilado. Después de las compras para la casa, hacemos una visita al Paseo de Artesanías y volvemos a Yala.
Después de almorzar el agua se descuelga otra vez del cielo y resolvemos ir hasta las Termas de Reyes. El recorrido es por los valles y caminos de cornisa del oeste y nos internamos en una profunda garganta de vegetación generosa. Las nubes nos ocultan las cimas de los cerros. A pesar de que la lluvia no ceja, tenemos una niña de 12 años empeñada en bañarse en la piscina de aguas termales a casi 50 grados. Subiendo el cerro desde la piscina pública hay un hotel de 1920, grande y bien reciclado. Los gabinetes del spa tienen yacusis, reposeras y grandes ventanales al paisaje verde y brumoso.
Nos vamos de Jujuy con pena. Me hubiera gustado tener más días para internarme por circuitos menos conocidos, seguir admirándome de la belleza de los paisajes y aprender siempre algo nuevo de la cultura andina. Hacer, por ejemplo, la caravana de llamas. Profundizar en cada pueblo como hicimos en Purmamarca. También nos vamos con alegría. Siento que algo cambió en mí, soy y no soy la misma. La Pacha Mama opera por caminos misteriosos, las cosas que percibimos con los sentidos pasan a formar parte, de alguna forma, del espíritu.
Viva Jujuy, el título de esta nota, es el slogan de la Secretaría de Turismo del gobierno provincial. Es también el comienzo de un carnavalito que cantábamos en la adolescencia: “Viva Jujuy, viva la Puna, viva mi amada, / vivan los cerros pintarrajeados de mi Quebrada”.
Agradecimientos:
Agradezco en primer lugar a Fernando y Pelusa Carrillo por la hospitalidad sin la cual esta nota no hubiera sido posible y por la enseñanza de vida que representa la convivencia con ellos.
Agradezco a mi amiga Marita Benavides y su hija Martina por invitarme a compartir la inolvidable experiencia del viaje a Jujuy.
Agradezco a la gente de la agencia de turismo Corpachac (http://www.corpachac.com.ar), que me dio datos de turismo alternativo y convencional y todo su apoyo.