jueves, 6 de enero de 2011

Desfile de llamadas: la mayor fiesta afro-uruguaya

Publicado en Panorama de Enero 2010

Las Llamadas de Carnaval: la mayor fiesta de la cultura afro-uruguaya
El Desfile de Llamadas es la manifestación más original de la cultura afro-uruguaya. Durante dos noches de carnaval desfilan las comparsas por las calles estrechas de los barrios Sur y Palermo, barrios que históricamente albergaron conventillos y viviendas de afro-descendientes. Este año el desfile se celebra el 4 y 5 de febrero con 37 comparsas.

En su origen, las llamadas fueron un ritual que reunía a los esclavos y libertos extra-muros de la ciudad. Los tambores convocaban —llamaban— a la reunión a ritmo de candombe y se iban sumando las figuras clásicas del gramillero (el brujo de la tribu), el escobero y la mamá vieja.  Los negros incorporaron estos elementos a los desfiles de comparsas del carnaval montevideano y su impronta es la que subsiste con mayor visibilidad en Las Llamadas. La población afro-descendiente (estimada en un 10%) se sumó a los desfiles de comparsas de los blancos, pero muchos blancos se pintaron de negro para integrar las agrupaciones que, desde entonces, recogieron el legado del candombe proveniente de África. El éxito que las comparsas de negros alcanzaron desde los carnavales de fines del siglo XIX las convirtieron en “agrupaciones de negros y lubolos” y la palabra “lubolo” designa a un “blanco pintado de negro”.

En la actualidad, el Desfile de Llamadas es organizado por la División de Turismo de la Municipalidad de Montevideo. Se colocan sillas a lo largo del recorrido, gradas en las esquinas y un palco oficial para las autoridades y el jurado que califica la vestimenta, la calidad del baile y la escenografía, el cumplimiento del ritual, el sonido de los tambores. El público debe pagar entrada y las calles de acceso están fuertemente valladas. Hace años que los privilegiados dueños de las casas que se encuentran sobre la calle del desfile, alquilan balcones y azoteas a locales y turistas de América y Europa.

Traspasar el vallado es como sumergirse en un mundo mágico de ritmos y colores. Lo que más impacta es la cercanía del espectáculo: uno está adentro, no mira desde lejos sino que participa. La calle es tan estrecha que, sentada en el cordón de la vereda, tengo que cuidar que no me pisen los que desfilan. Las banderas de las comparsas parecen sábanas gigantescas que ondulan y juegan con el público, despeinándolo, en un juego donde la gente desafía y grita: “oleé”. Las vedettes buscan a los fotógrafos —que son todos con los celulares— y se detienen un instante a posar para quien les cae en gracia. Un niño escapado del público se enreda entre las piernas de una vedette que ríe sin dejar de bailar. Las gordas mamás viejas, bailando con los pañuelos en la cabeza, los collares, las polleras a lunares y las interminables capas de enaguas, coquetean con los escoberos de barbas blancas de algodón, mientras los gramilleros simulan regañarlas. Detrás de los bailarines vienen tronando los tamboriles: el candombe retumba en el estómago y es imposible quedarse quieto. Algún espectador invade de vez en cuando la calzada para exhibir sus habilidades candomberas con una vedette o tomarse unas fotos con algún personaje de la comparsa.

Una vez más, el Uruguay resulta sorprendente: La magia del país integrado, donde se mezclan tradiciones culturales de orígenes diversos con espíritu festivo y contagioso, con un equilibrio justo entre la organización y la espontaneidad. En el Desfile de Llamadas no hay diferencias de edad, clase social, raza o religión, ni entre los participantes ni entre los espectadores. Como en la canción de Joan Manuel Serrat: Hoy el noble y el villano / el prohombre y el gusano / bailan y se dan la mano / sin importarles la facha.

¡Hoy la calle es una fiesta!

Detrás de la escena

En febrero de 2009, quisimos acompañar las vivencias de los participantes. Bernardo, un analista de sistemas que desfilaba en Las Llamadas por primera vez, nos invitó al club donde ensayaba “Al Toque Cardal”, una comparsa mediana de unos 60 tambores. Entre todos son unas cien personas. El día resplandecía, no hacía demasiado calor y soplaba un viento suave. Llegamos al club Rápido Sport poco después de las cinco de la tarde. La comparsa desfilaba esa noche y el club hervía de actividad.

El sábado anterior habían pintado los tambores en la acera, con los colores de la comparsa. Hay tres tipos de tambores: el “chico”, el “repique” y el “piano”. La estrella mediática de “Al toque…” era la ministra  de Salud Pública del gobierno saliente, María Julia Muñoz. Bernardo contó que habían ensayado los sábados durante todo el año y, en la última semana, todos los días. La cuarta parte del salón la ocupaban los tambores, pintados de rojo y amarillo. El ambiente era familiar, llegaba los participantes, se saludaban, todos se conocían. Había grupos de sillas, personas que circulaban, algunos ya maquillados y otros esperando su turno frente a las maquilladoras contratadas para la ocasión.

Alquilaron dos buses para ellos y un camión para los tamboriles. A las diez de la noche llegamos, puntuales, a la esquina asignada, a una cuadra del vallado por donde iban a entrar. La llegada fue puro caos y alegría. Charlaban, se sacaban fotos con los celulares. A medida que recibían su instrumento a los pies del camión, los tamborileros comenzaban a tocar y todos a probar sus pasos.

Se encendió una fogata en el cordón de la vereda. Acercaron una veintena de tamboriles. Esa noche no fue necesario calentar mucho las lonjas porque no había humedad. Al calentar la piel que recubre el tamboril, ésta se estira y suena mejor. Actualmente la mayor parte de los tambores tienen tornillos y las lonjas se estiran ajustándolos, pero las lonjas de los tradicionales tambores de clavos deben calentarse. Me contaron de una agrupación tradicional en donde todos los tambores son de clavos, a la antigua usanza.

Se juntaron muchos curiosos a mirar detrás de la escena. Me acerqué a una pareja de asiáticos. Eran turistas de Hong Kong, habían cruzado desde Buenos Aires y estaban encantados. El día anterior habían visto todo el espectáculo desde las gradas y hoy venían a ver el “backstage”. Les pregunté qué les llamaba la atención y les gustaba cómo todos participaban, grandes y chicos. Son un pueblo alegre, dijeron, les gusta bailar y cantar. Les había costado llegar y les pregunté si tuvieron miedo en algún momento. Rotundamente no, se sintieron seguros. Es un pueblo alegre, repetían, la gente es muy amable. So nice…

Entretanto, todo se había ordenado. Los organizadores se habían movido frenéticamente. La ex ministra era una más entre los tamboriles. Con la túnica o “dominó” y el sombrero, no se la reconocía. No había un trato especial para ella, era del barrio y participaba en la comparsa desde antes de ser ministra.
Cada uno había ido ocupando el lugar que le correspondía en la comparsa y sólo faltaba que, desde el vallado, les dieran la señal de entrada. Di un paseo entre los hombres, mujeres y niños de caras pintadas con brillantina y disfraces multicolores, entre tamboriles atronadores, banderas flameantes y estandartes. Llegaba el momento para el que se habían preparado tantos meses y lo vivían felices y ansiosos.

Cuando les tocó el turno, empezó para ellos la fiesta, que termina mucho después de la llegada al final del recorrido, agotados y aún más entusiasmados que al principio.