viernes, 1 de mayo de 2009

Entrevista al pintor Carlos Páez Vilaró

Esta entrevista, realizada en marzo de 2009 con fotos de Gustavo Caggiani y publicada en la edición de mayo de la revista Panorama, fue reseñada en el boletín del Ministerio de Turismo.
Casapueblo es un pueblo blanco que parece desbarrancarse desde el lomo de Punta Ballena, a pocos minutos de Punta del Este, en un caos de terrazas, cúpulas y ventanales, sobre el verde mar. Alberga la casa del artista, su taller, un museo y un hotel.

María, su asistente, nos guía por el laberinto del museo, aún cerrado, hasta una escalerilla por donde accedemos a su atelier privado. La antesala es una habitación grande, con las paredes cubiertas de cuadros y un ventanal que se abre a un balcón y, otra vez, al mar omnipresente. Unos pocos escalones más nos llevan al taller, casi cortado a lo largo por una enorme mesa donde conviven, en amigable desorden, pilas de libros y revistas, lienzos, pinceles, frascos de pinturas. Desde un rincón, junto a la ventana, Carlos Páez Vilaró emerge detrás de la computadora. Es todo afabilidad. Nos instalamos en el otro extremo, junto a la chimenea y los sillones de cuero.
El discurso de Páez Vilaró es un árbol frondoso, ramificándose al infinito. Se desplaza por una rama, se detiene en una hoja, regresa al tronco, desciende hasta las raíces, se agazapa en un gajo nudoso para saltar, sin previo aviso, a otra rama. Uno quisiera tener mil años para escucharlo. Es un experto en entrevistas. Y uno debería ser muy experto para saber cuándo interrumpirlo o cuándo olvidar el preparado cuestionario. Porque no tenemos mil años.

Carlos, ¿cómo empieza esto del arte para ti?
Mira, es muy difícil radiografiar la vida hacia atrás. Yo creo que el arte está en los dedos de un chico que empieza a dibujar historietas y a copiar a Walt Disney y se va soltando y nutriendo de todo lo que ve. Como me pasó a mí en la Argentina, después de ver a los grandes dibujantes argentinos de aquella época, Dante Quinterno, Lino Palacio, Divito. Ahí me di cuenta de que yo también podía llegar a dibujar. Pero nunca soñé que iba a llegar a la pintura más profesional. Siempre hice lo que hice con alegría, como un acto de creación, encantado de extraer del arte la felicidad.
¿Pero cómo pasaste de ser una persona a quien le gustaba el dibujo a ser, no sólo un artista, sino un artista reconocido?
Lo que pasa es que cuando tú estás en el camino del arte, tratas de superarte. Hay que ir por el camino tratando de incorporar todo aquello que pueda vigorizar lo que estás haciendo. Así, lo mío se fue llenando de influencias. Esta casa, por ejemplo, tiene la huella del hombre del campo, que hace su casa de adobe. Mis pinturas iniciales, están influenciadas fuertemente por Pedro Figari, el pintor impresionista de la época colonial uruguaya.
¿Y fue la influencia de Figari que te acercó al tema de la negritud o, por el contrario, te acercaste a Figari por sus retratos de negros?
El tema de la negritud surgió porque yo venía de vivir un tiempo en la Argentina, de vivir el tango, el cabaret, de bailar en aquellos piringundines de la calle Leandro Alem y el bajo de Buenos Aires, me había sumergido en la vida porteña del suburbio,  de los grandes compositores, de Di Sarli, de D’ Arienzo…  Y en Montevideo sentí una gran chatura en el folklore de calle. Montevideo tenía tristeza de tango. Entonces me dije: ¿cómo resuelvo esto? ¿Me vuelvo a la Argentina? Y ahí, cuando decidí volver a Argentina, pasó frente a mí una comparsa de negros. Una pequeña comparsa. Una negra vieja que parecía una joyería, cubierta de collares, con un paraguas abierto que se mantenía en equilibrio mientras ella se movía. Un viejo gramillero, el gramillero es el que conoce las gramillas, las semillas, las hierbas, un viejito que tipografiaba con el bastón en la calle, en los adoquines, mirando siempre el cielo, para descubrir el remedio para los males de amor de las negras. Tenía enfrente un escobero de brujo, un escobero que, según el poeta Fernán Silva Valdés, barría el cielo del Carnaval. Y, por supuesto, al frente había un oso margarita, o sea, una especie de King Kong, hecho con arpillera, que asustaba a los chicos mientras iba por las veredas recogiendo monedas para la Navidad. Y atrás venían los tambores, tambores quemantes, con la sangre metida en la lonja, eufóricos… Y me dije: ¡Pero aquí está el Montevideo que yo quiero para quedarme!
Y ahí entraste al Mediomundo…
Y ahí seguí la comparsa, como magnetizado, y de repente me encontré con la puerta del conventillo Mediomundo, la vi como una boca, las ropas tendidas eran los dientes, me dejé mascar. Me dejé tragar por esa boca, me metí, subí una escalera como de lata y llegué a una pieza que se llamaba la Yacumenza… Se llamaba así por una brasilera que, cuando empezaban a sonar los tambores, decía: Ya cumenza un ruido infernal. Y ahí, en la Yacumenza, instalé mi atelier y conseguí integrarme de tal manera a la colectividad negra que vivía en el conventillo, que pasé a ser uno de los miembros.
¿Y ellos te aceptaron fácilmente? Porque eran mundos muy diferentes ¿verdad?
¿Sabes qué pasó? Que yo siempre consideré que somos todos de una misma familia. Hay gente que… El hombre tiene miedo del hombre. Vas en el ómnibus y hay un hombre que lee el diario y hace así… (risas) y se lo guarda. En vez de ofrecerlo: ¿quieres leer, viejito?  Esa ausencia de generosidad del hombre, esa ansiedad por destruir lo que está construido, eso caracteriza al hombre de hoy. Yo, en cambio, desde muy joven, quizás por los viajes, me di cuenta de que somos todos una familia. Y la negritud me apasiona de tal modo que no sólo pinto, sino compongo música. Dibujo la ropa de los lubolos, me les cuelo en las comparsas, toco sus tambores, subo a sus camiones y voy por los tablados y me olvido de que yo tenía mi familia en Carrasco. Llevo una doble vida, una vida en el conventillo y una vida en mi casa de Carrasco. Y, en esa doble vida, yo encuentro que realmente mi pasión era la negritud. Y me siento integrado. Así como yo digo “el negro”, y lo digo con amor, en África yo era la minoría y me decían “el blanco”.
¿Cuánto tiempo estuviste en África?
Ah, viajé tanto… Fui varias veces, por temporadas. La pasión por el folklor de la negritud me llevó a aquellos lugares donde la negritud tenía presencia. Desde República Dominicana, Haití, Perú, Colombia, Venezuela… Pero no alcanzaba. Yo quería llegar a las raíces del negro uruguayo, ¿dónde estaban las raíces? En Angola, Lubito, Lubango, Benguela, Mozambique, Kenia… Y ahí me fui. Y llegué, sin darme cuenta, en el momento en que el África se despertaba y quería ser libre. Se soltaba las ataduras que la tenían maniatada desde hacía siglos, y quería volver al dialecto, dejar los idiomas, quería tener nuevas banderas…
¿Cuándo fue eso, exactamente?
En el año sesenta y dos, yo llegué en el momento que estalla la revolución. O que se está armando secretamente, en los barrios y en las ferias la gente estaba armándose, hacían flechas… Lo cierto es que yo recorrí en ese momento diecisiete países de África. Pintando y andando, entonces, me adherí a la revolución africana, pintando mensajes muy abstractos para no ser degollado.
Todo un aventurero, además de un artista…
Lo que pasa es que toda mi vida ha sido la aventura del arte. He tratado de encontrarlo, lo he buscado por todos lados, como el sol. Y nunca lo pude tocar. Es curioso. Uno de los placeres, quizás el más grande, es no haber llegado nunca. Sentir que está atrás de cada puerta y que me espera pero no puedo… tocarlo. Eso me da fuerzas para seguir adelante. El obstáculo me estimula muchísimo. Otra cosa que me estimula mucho es estar cerca de la gente joven. Y hacer un acto de Navidad por día, eso me da placer.
¿Un acto de Navidad?
Un acto de Navidad yo le llamo a darle una sonrisa a un hombre que está triste. O a ayudar a una mujer que va sola bajo la lluvia y decirle “Cierre el paraguas, que yo la acerco”. Ese tipo de pequeñas cosas, regalarle un libro a un tipo a quien le gusta leer y no puede comprarlo. Son pequeños detalles, no es dar plata. Todos los días yo hago ese balance. Es fantástico. Y eso me ha dado una gran fuerza.
Carlos, entre todas estas vertientes que tú has cultivado como la pintura, la escultura, la cerámica, el muralismo, la arquitectura, ¿hay alguna expresión artística con la que te sientas más representado?
Mira, yo creo que lo que más me representa es la amistad. Y eso está por fuera de los logros que uno puede tener para satisfacción personal. Sí, por supuesto, pintando yo me inclino como un ciclista frente a un bastidor y puedo estar feliz todo el día. Pero lo otro es lo que queda. El otro día, por ejemplo, me hizo un homenaje un grupo muy modesto de gente del Carnaval, un grupo de parodistas. Ellos representaron mi vida en una parodia que presentaron en el Teatro de Verano. Y me dio curiosidad por verme a mí mismo, reflejado por gente del pueblo que cuenta mi historia. De golpe me vi actuando, me vi pintando en el conventillo Mediomundo…
¿Te viste en un espejo?
En un espejo. Y lo que más me emocionó fue que recogí una cosecha de afecto. Porque yo estoy lejos de Montevideo. Y ahí me di cuenta de que había cinco o diez mil personas que me querían. Yo pensaba: ¿será posible que este ejército invisible de gente común tenga un toque de cariño por mí? Y eso me quebró. Hasta tal punto que me levanté de la platea y abracé a este muchacho que hizo de Carlos Páez, y al abrazarlo me estaba abrazando con cinco mil uruguayos que, de alguna manera, durante ochenta y cinco años siguieron mi aventura.  Por eso te digo que los logros de la amistad son fantásticos.
María, la asistente, se ha asomado ya varias veces. Ahora entra a avisarle que lo esperan en el coche. Páez Vilaró quiere agregar algo, antes de dar por terminada la entrevista:
Lo importante es que me encuentras activo, con mucha fuerza, con muchas ganas de hacer cosas… Bueno, el corso va por dentro, algún achaque tengo (se ríe)… Y yo mismo me sorprendo de que, a esta edad, pueda salir a tocar el tambor con las llamadas.
Nos despedimos con afecto. Salimos de Casapueblo por el museo. Está repleto de gente y, en la calle, acaba de detenerse un bus atestado de turistas.