martes, 7 de octubre de 2014

El Parque Anchorena: algo más que descanso presidencial



Los presidentes uruguayos tienen una envidiable residencia de descanso en el departamento de Colonia, donde el río San Juan desemboca en el Río de la Plata, gracias a las andanzas de un joven aristócrata argentino.

En 1907, Aarón de Anchorena, hijo de una acaudalada familia porteña, junto al pionero de la aviación en su país, Jorge Newbery, se subió a un globo aerostático llamado Pampero para realizar el primer cruce en globo del río color de león, según el decir del poeta Lugones. Los fuertes vientos les hicieron perder el control del aparato y Aarón juró que compraría la tierra donde lograra aterrizar. Cayeron, más que aterrizaron, del otro lado del San Juan. Como esa tierra no estaba en venta, el padre del joven le compró más de cuatro mil hectáreas donde hoy se encuentra la estancia Anchorena.

A Aarón de Anchorena le apasionaba la caza y, como un niño caprichoso, quería su propio coto. Trajo ciervos Axis de la India, considerados los más hermosos del mundo, y jabalíes del Cáucaso, que más tarde serían declarados plaga en todo el territorio nacional. La conciencia de los equilibrios ecológicos no existía a principios del siglo pasado y estaba bien visto introducir especies exóticas.

El joven Aarón encomendó al famoso paisajista alemán Hermann Bötrich el diseño de un parque de marcado estilo inglés, que ocupa una superficie de más de doscientas cincuenta hectáreas. Trajo cientos de especies de árboles, algunas de Europa y Asia y la mayor parte de Australia, que por estar en la misma latitud comparte características climáticas. Entre las especies importadas se destacan robles, alcornoques, araucarias, cipreses calvos, arces japoneses y más de 60 tipos de eucaliptos. Tuvo el tino o la rareza de dejar espacios destinados a la flora autóctona: el abigarrado monte ribereño en las orillas del San Juan, compuesto por ceibos, canelones, mataojos, coronillas, arrayanes y un largo etcétera. La variedad convierte al parque en un importante arboreto.

El joven argentino, de gustos anglófilos, construyó una capilla y una bella casa que combina los estilos Tudor  y normando, junto a los barrancos de más de 10 metros que se levantan sobre una estrecha playa de arena del Río de la Plata, descubierta si hay bajante. Allí la casa queda a salvo de las crecidas que trae el viento del sudeste y, tanto desde la residencia como desde toda la costa que la estancia tiene sobre el Río de la Plata se divisan hoy las torres de Buenos Aires, a solo 55 kilómetros en línea recta.

Mucho antes de que Buenos Aires existiera, esta costa vio pasar a Juan Díaz de Solís, el descubridor, y a Hernando de Magallanes, que buscaba el pasaje hacia el Pacífico. En 1527 pasó Sebastián Gaboto. Al cumplirse cuatrocientos años, Anchorena hizo construir en su honor una torre de piedra de 75 metros de altura, que constituye la obra de mayor interés arquitectónico del parque.

Aarón de Anchorena murió sin descendencia en 1965 y donó más de mil trescientas hectáreas de las tierras de su propiedad al Estado uruguayo, con la condición de que se utilizaran con fines educativos, recreativos y de interés general, “para bienestar y solaz de la población”. También dispuso que la casa principal se destinara al descanso de los jefes de estado uruguayos. Su sepulcro se encuentra, por disposición testamentaria, al pie de la torre de Gaboto.

El primer presidente que utilizó el legado de Anchorena, a fines de los sesenta, fue Jorge Pacheco Areco. Desde entonces, la casa ha sido testigo de importantes reuniones de presidentes, consejos de ministros y visitas ilustres como los ex presidentes Felipe González y George Bush y la princesa Ana de Inglaterra. Tabaré Vázquez disfrutó inmensamente de la pesca en el río San Juan y nuestro actual mandatario, José (Pepe) Mujica utiliza la estancia “más de lo que la gente cree”, según me confió la guía.

El parque recién se abrió al público en los años noventa del siglo pasado y yo lo visité el último domingo. Está abierto al público de jueves a domingo y solo se permite el acceso con visitas guiadas, una a las diez de la mañana y la otra a las dos de la tarde. A unos 30 kilómetros al oeste de la ciudad de Colonia se encuentra el camino de ingreso, rodeado de cultivos —trigo, maíz, soja— y campos de pasturas.

Llego temprano. La recepción se ubica en las antiguas caballerizas y, antes de cruzar la portera de campo, se puede admirar una colección de antigua maquinaria agrícola. Me dicen que desde hace unos meses no se puede subir a la torre porque descubrieron unas fisuras en los escalones. La noble construcción no soportó la visita de miles de turistas mensuales. Resignada a perderme la maravillosa vista que me han dicho se disfruta desde lo alto, doy vueltas por ahí mientras llegan autos con visitantes argentinos, brasileros y uruguayos. Una de las casas que hay allí es la primera que construyó Anchorena, donde vivió mientras se terminaba la casa grande. Una casa típica del campo uruguayo, con techo de chapa y galería al frente.

Antes de adentrarnos en el parque, nos reúnen y preguntan por dos autos con lugar libre para las dos guías. Levanto la mano rápidamente. Llevar a la guía es un privilegio y, como encabezaremos la fila, me permitirá tomar fotos antes de que llegue la larga caravana de autos que me sigue. La guía me cuenta que es de Colonia y hablamos del último temporal y del día espectacular que hace hoy. Un soldado nos abre la portera y comienza la visita.

Lo más increíble son las manadas de ciervos, que no paran de correr y de cruzarse en nuestro camino. Siempre lejos y en movimiento, son ágiles, hermosos y difíciles de fotografiar. Lo malo de la visita guiada es que es estricta. No podemos detenernos en cualquier parte. La primera parada es en la orilla del Río de la Plata, en un mirador bajo inmensos árboles de tipa que escupen sus lágrimas de resina . Me alejo un poco para proteger la cámara, pero la vista es realmente espectacular y, fuera de la cantinela de la guía, el silencio solo se interrumpe por un ruido mínimo de agua, allá abajo del barranco, y el incesante canto de las aves. En un día como hoy, diáfano, se distingue Buenos Aires en la orilla de enfrente.

Pasamos junto al campo de golf, que tiene un lago casi invisible porque está cubierto de vegetación acuática y nos detenemos a unos ochocientos o mil metros de la casa presidencial. No parece que este fin de semana esté el presidente, no se ve movimiento alguno y, en la galería, las sillas de jardín están desnudas de almohadones. Qué lástima que no nos dejen acercarnos. Dicen que las medidas de seguridad aumentaron a partir de la presidencia de Vázquez. Antes, centenares de embarcaciones argentinas anclaban los fines de semana en la barra del San Juan y desde 2006 está prohibido. En fin, la vista desde la casa debe ser gloriosa, pero el testamento de Anchorena solo nos permite, al pueblo, merodear por el parque y no a nuestro antojo.

La parada siguiente es la torre de Gaboto, impresionante, que se recorta contra el cielo sin una nube. Después de escuchar las explicaciones de las guías, me entretengo sacándole fotos a un panal de avispas, a un inmenso alcornoque, a las correrías de los niños que vienen con la excursión. Por suerte nos abren la torre, aunque al verla por dentro tengo que contenerme para no subir corriendo la escalera de caracol.

Una liebre se nos cruza cuando nos dirigimos a la última parada: el embarcadero sobre el San Juan. El lugar es precioso. El río, mucho más ancho de lo que me había imaginado. Del otro lado se ve vegetación autóctona, pero sé que oculta los viñedos de Los Cerros de San Juan, una de nuestras mejores bodegas. No sé por qué adoro los ríos y, en especial, las desembocaduras. Los árboles que se inclinan, los juncos, el leve sonido de la corriente, un pétalo de flor de ceibo que se lleva el agua.

Y como el tiempo se lleva los minutos y las horas, las guías nos recuerdan que es momento de partir. Nos vamos. Dejo a mi guía particular en la recepción y parto rumbo al oeste, hacia la ciudad de Carmelo, sin ganas de irme. No tomé agua del río, pienso. Tomar agua es garantía de regreso, de acuerdo a mi colección de dos o tres supersticiones. La desecho. Si fuera cierta, tendría que viajar el resto de mi vida, regresando a todos los lugares en los que he tomado agua.

Pero a Anchorena, quiero volver. Y subir a la torre de Gaboto. En el camino de vuelta me despide una lechuza posada en un poste de alambrado. Nunca había visto una lechuza y leí en alguna parte que es un símbolo de sabiduría. ¿Sabrá la lechuza si volveré?